Inmortalidad
-¡Maldita sea!
--protestó Carlos--. ¡Me ha vuelto a ocurrir! ¡Mira cómo ha quedado todo!
Aquello había
salpicado por todas partes: las paredes, los muebles, el suelo, el techo, nada se había librado del desastre.
Llevaba años intentando completar la fórmula de aquel antiguo manuscrito,
que encontró durante unas excavaciones
arqueológicas en un planeta muerto.
Siempre le había
llamado la atención la simplicidad de sus antiguos habitantes a la hora de dar
un nombre a su propio planeta. Se habían molestado en poner nombres al resto de
planetas de su sistema, a los satélites de éstos, a las estrellas, y se habían
entretenido en unir fantasiosamente algunas de ellas en lo que denominaban
constelaciones, en darles curiosos nombres e, incluso, en inventar
rocambolescas historias sobre sus orígenes. Habían dividido el planeta en
continentes, países, regiones, ciudades y barrios, cada uno con su nombre.
Además, cada simple individuo de aquel planeta podía tener varios nombres, un
patronímico, y uno o varios apellidos. Pero a su planeta lo llamaban
simplemente la Tierra.
El manuscrito
debería haber sido enviado a la Agencia, junto a todo lo demás, pero para ellos
no habría sido nada más que otro papel, un objeto que amontonar en un desván o
que mostrar tras la vitrina de un museo. Así que decidió guardarlo y no
hablarle de él a nadie.
No era su primera
excavación, era un arqueólogo experimentado y reconocido, había visto a lo
largo de su carrera una gran cantidad de documentos terrestres, y nunca había
hecho nada parecido. Pero éste llamó su atención desde el principio. Era
antiguo incluso tomando como referencia el tiempo terrestre. Su gran
conocimiento de lenguas terrestres le permitió traducir sin demasiada
dificultad el título, aunque el resto del texto no resultó tan sencillo, ya
que, si bien el francés no se le daba del todo mal, el del siglo quince
terrestre difería bastante del que él había estudiado. En la parte superior, en
letras un poco mayores que las del resto del texto, se podía leer: “La fórmula
de la inmortalidad”, y en su parte inferior, aparecía el nombre de un tal
Nicolas Flammel. En él se especificaban tanto los ingredientes, como el modo de
combinarlos para conseguir lo que el título ya auspiciaba: la inmortalidad.
Pero el manuscrito no estaba completo, tenía un agujero en el centro, al
parecer causado por el fuego. Por tanto, se podían leer todos los ingredientes,
pero no la totalidad del proceso.
Hacía bastante
tiempo que aquel viejo planeta había sucumbido, y que los seres humanos se
habían esparcido por gran parte del Universo conocido. Los actuales humanos
habían dejado muy atrás a aquellas antiguas civilizaciones terrestres, eran más
inteligentes, más racionales, más longevos, pero seguían temiendo a la muerte.
Él no era un
ignorante capaz de creer lo que pusiese en cualquier papel que cayese en sus
manos, y mucho menos en uno procedente de la Tierra. Sabía perfectamente que
uno de los pasatiempos preferidos de sus gentes había sido aquello a lo que
llamaban “literatura”, y que consistía en escribir cualquier cosa que pasara
por sus soñadoras mentes, sin importar ni siquiera que fuese verosímil.
Sin embargo, una pequeña parte de esa soñadora
estupidez terrestre pervivía todavía en él y en sus coetáneos, y fue esa
diminuta chispa la que lo impulsó a guardarse aquel papel. Y ahora, por enésima
vez, se encontraba en medio de una habitación pringosa, enfadado consigo mismo
por seguir intentando aquella locura. Podía imaginarse al tal Flammel riéndose
de él a carcajadas y esta idea lo enervaba, se sentía fruto de una broma
cósmica, y además se la había buscado él.
Pensó varias veces en acabar lo que el fuego había
iniciado quién sabe cuántos siglos atrás. Así, sin el manuscrito, no podría
seguir dándole vueltas a aquella locura. No obstante, algo lo retenía.
Quizá el hecho de ser el portador de la fórmula,
había dotado a aquel pedazo de papel de la ansiada inmortalidad.
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