miércoles, 25 de abril de 2012

Lectura (nivel intermedio)


Inmortalidad

-¡Maldita sea! --protestó Carlos--. ¡Me ha vuelto a ocurrir! ¡Mira cómo ha quedado todo!

Aquello había salpicado por todas partes: las paredes, los muebles, el suelo,  el techo, nada se había librado del desastre. Llevaba años intentando completar la fórmula de aquel antiguo manuscrito, que  encontró durante unas excavaciones arqueológicas en un planeta muerto.

Siempre le había llamado la atención la simplicidad de sus antiguos habitantes a la hora de dar un nombre a su propio planeta. Se habían molestado en poner nombres al resto de planetas de su sistema, a los satélites de éstos, a las estrellas, y se habían entretenido en unir fantasiosamente algunas de ellas en lo que denominaban constelaciones, en darles curiosos nombres e, incluso, en inventar rocambolescas historias sobre sus orígenes. Habían dividido el planeta en continentes, países, regiones, ciudades y barrios, cada uno con su nombre. Además, cada simple individuo de aquel planeta podía tener varios nombres, un patronímico, y uno o varios apellidos. Pero a su planeta lo llamaban simplemente la Tierra.

El manuscrito debería haber sido enviado a la Agencia, junto a todo lo demás, pero para ellos no habría sido nada más que otro papel, un objeto que amontonar en un desván o que mostrar tras la vitrina de un museo. Así que decidió guardarlo y no hablarle de él a nadie.

No era su primera excavación, era un arqueólogo experimentado y reconocido, había visto a lo largo de su carrera una gran cantidad de documentos terrestres, y nunca había hecho nada parecido. Pero éste llamó su atención desde el principio. Era antiguo incluso tomando como referencia el tiempo terrestre. Su gran conocimiento de lenguas terrestres le permitió traducir sin demasiada dificultad el título, aunque el resto del texto no resultó tan sencillo, ya que, si bien el francés no se le daba del todo mal, el del siglo quince terrestre difería bastante del que él había estudiado. En la parte superior, en letras un poco mayores que las del resto del texto, se podía leer: “La fórmula de la inmortalidad”, y en su parte inferior, aparecía el nombre de un tal Nicolas Flammel. En él se especificaban tanto los ingredientes, como el modo de combinarlos para conseguir lo que el título ya auspiciaba: la inmortalidad. Pero el manuscrito no estaba completo, tenía un agujero en el centro, al parecer causado por el fuego. Por tanto, se podían leer todos los ingredientes, pero no la totalidad del proceso.

Hacía bastante tiempo que aquel viejo planeta había sucumbido, y que los seres humanos se habían esparcido por gran parte del Universo conocido. Los actuales humanos habían dejado muy atrás a aquellas antiguas civilizaciones terrestres, eran más inteligentes, más racionales, más longevos, pero seguían temiendo a la muerte.

Él no era un ignorante capaz de creer lo que pusiese en cualquier papel que cayese en sus manos, y mucho menos en uno procedente de la Tierra. Sabía perfectamente que uno de los pasatiempos preferidos de sus gentes había sido aquello a lo que llamaban “literatura”, y que consistía en escribir cualquier cosa que pasara por sus soñadoras mentes, sin importar ni siquiera que fuese verosímil.

Sin embargo, una pequeña parte de esa soñadora estupidez terrestre pervivía todavía en él y en sus coetáneos, y fue esa diminuta chispa la que lo impulsó a guardarse aquel papel. Y ahora, por enésima vez, se encontraba en medio de una habitación pringosa, enfadado consigo mismo por seguir intentando aquella locura. Podía imaginarse al tal Flammel riéndose de él a carcajadas y esta idea lo enervaba, se sentía fruto de una broma cósmica, y además se la había buscado él. 

Pensó varias veces en acabar lo que el fuego había iniciado quién sabe cuántos siglos atrás. Así, sin el manuscrito, no podría seguir dándole vueltas a aquella locura. No obstante, algo lo retenía.

Quizá el hecho de ser el portador de la fórmula, había dotado a aquel pedazo de papel de la ansiada inmortalidad.

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